Memoria de una cita inconclusa. Pensando y leyendo Latinoamérica

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Soy Juan Baltra, me gustan muchas cosas, especialmente las relacionadas al arte. Hago sinfín de cosas en este aspecto, algunas con más dedicación y otras con más ganas. Pero qué hacer al fin, sin embargo, debo admitir que mi interés más sincero es por la poesía. La poesía es de esas cosas que uno no puede dejar de hacer salvo se halle uno en un estado de intemperancia emocional (lo que a ratos ocurre).

Bueno lo que, en parte nos reúne aquí, es la presentación del último libro de mi amiga Jacqueline Lagos quien tuvo la confianza en mí para hacer esta presentación y espero se ponga contenta con esta exposición.

Para presentar un libro normalmente basta con haber leído el texto y tal vez un par de cosas más del autor, sin embargo, ser afortunado en además conocer en la vida cotidiana a quien los escribió es un tema aparte. El hablar desde aquí se hace más fuerte y comprometido pues los hilos que fueron tejidos los poemas fueron sacados del ovillo de Jacqueline. Toda hebra entonces es una punta que ya sé donde termina.

Partamos entonces haciendo el ejercicio de reconocer el desde dónde se consolida este escrito y desde dónde conecta con el tema central de este encuentro “Leyendo y pensando Latinoamérica”.

Ahora, sigamos con la metáfora del ovillo de lana. Todos somos, en esencia, pequeños o grandes ovillos de lana:

Monocromos y multicolores; suaves y ásperos; finos y toscos; extensos y cortos; peinaditos o frontalmente enredados.

Sin embargo convengamos que hay algo común a todos los ovillos: La lana de la que estamos hechos no es sino nuestra propia capacidad de tomar elementos del entorno, lavarlos, hilarlos y guardarlos en nuestra vida. Así tenemos que algunos tomarán lana de oveja merino premium para sacar lana fina y suave, otros preferirán el picor amable de la alpaca, y otros definitivamente irán por la frescura vegetal del algodón. Aquí, es un tema de gusto así como de disponibilidad. Si cada uno analiza su ovillo encontrará que a lo largo de nuestra vida estamos llenos de distintos tipos de elementos tomados de nuestro entorno y que “quiérase o no” nos componen, nos hilan, nos muestran y nos individualizan: No existen dos ovillos de lana iguales, porque cada uno compone el propio con retazos de largos distintos dependiendo de lo que a cada uno le ha tocado vivir, habrá entonces momentos ásperos, suaves, finos, gruesos, finos, toscos, peinados o enredados.

(Acordemos en este momento que cuando hablo de lana, hablo de hilo, de sedas, de pita y de estambre, hablando en genérico: de un hilado)

Seríamos, entonces, innumerables lanas de distintos tipos alrededor del huso de nuestra alma. La lana la da la vida, y cada uno es el encargado individual de enrollarla a nuestro alrededor de la mejor manera posible.

Ahora bien, ¿por qué la analogía de la lana?, bueno los invito a ensoñar.

¿Qué es lo que usamos para tapar nuestras desnudeces?, bueno… lana, hilos y yéndonos a lo concreto: tejidos hechos de estas lanas.

La lana es un elemento que la vida nos entrega y nos hace hilar, pero que al mismo tiempo es el elemento que usamos para cubrirnos de la inclemencia de la vida cotidiana, de su clima variable, incluso de elementos que puedan herirnos o rasgarnos. Entonces cuando la vida te da lana gruesa, áspera y calurosa, no entenderás su uso mientras vivas en días soleados; pero cuando se te venga la ventisca, la lluvia y la helada, dirás qué suerte que la vida me dio de esa lana. Asimismo cuando la vida te da fina seda no es para usarla en temporales, sino en el tibio lecho donde no existe nada de lo que necesitemos defendernos.

 

Entonces de este ovillo que vamos hilando existe un poder, y me detengo aquí, que ES ABSOLUTAMENTE PERSONAL, la necesidad de tejer con lana propia tejidos para otros.

A ver, lo normal es que con nuestra propia lana nos hagamos nuestros trajes, nuestras máscaras, nuestros envoltorios para pasar por esta vida, pero a lo que voy, es que cuando uno se decide a tomar esta lana propia y tejer algo para otro: ESO ES UN REGALO, eso es una entrega, eso es una forma de definir ARTE, de lo mío construyo algo para que tú te cubras de este mundo de una manera hermosa.

En este caso, Jackie, ha tomado parte de su lana y nos ha tejido estos hermosos libros.

Son tramas distintas, unas apretadas y abrigadoras como “Mis Primeros Años”, otras son más complejas como “Una bruja emplumada en el Tzolkin”, y otras definitivamente sagradas como “Conjuros”. En “Memoria de una cita inconclusa” se hace un huso nuevo para estas lanas. Se destejen partes de cada uno de estos tejidos para hilar uno nuevo. La trama lograda así es nueva, se logra un nuevo tejido más colorido y multicolor, aparecen historias hasta entonces invisibles, esas historias hechas de retazos.

Y ¿Qué es nuestra cultura latinoamericana sino una gran manta tejida de millones de retazos?, así como pueblos existieron antes de la invasión española existen retazos de esta historia que es Latinoamérica.

Retazos de historia que exudan tristeza, exudan injusticia, exudan necesidad de ser. Pero por otro lado exudan una belleza interior y una alegría del estar que terminan “marmoleando” la oscuridad, no de una manera pareja, no una media luz, no una filigrana; sino un alboroto de líneas claras en fondo oscuro, como un poncho de lonko, como una pechera sioux, o una orejera Inca. Nada más alejado de la flemática y sosa capa gris inglesa.

Somos entonces parte de esta Latinoamérica que dibuja las flores en un fondo oscuro, los que le encuentran el significado a algo y luego lo hacemos evidente, lo regalamos, lo entregamos en la búsqueda última de volver a ser un pueblo con identidad. No ahondaré en si esta lucha se está ganando o perdiendo, cada uno tendrá su manera de ver el asunto, sin embargo si me quiero detener en la belleza de esto.

Por donde se quiera ver, la literatura latinoamericana ha sido pródiga en autores preocupados de tomar este gran tema regional: El rescate de una memoria inconclusa, y una manera de hacer esto es a través del “traer a lo escrito” hechos ocultos u olvidados. La nueva historiografía a partir de los escritos de Eduardo Galeano, plantean el tema desde la rememoración de tradiciones que se han perdido en el tiempo y de poner en evidencia (lo que nadie quiere ver) la extrema brutalidad y violencia de la invasión española. Sin embargo, este ejercicio de “traer a lo escrito” no sólo cae dentro del ámbito de la reivindicación de un pasado, sino también en el ser un escriba, un relator, un contador de historias que permiten mantener “dentro de lo dicho” temas que en caso contrario caerían “dentro de lo no dicho” lo que finalmente termina indefectiblemente en el olvido.

Este es el rol de la escritora en este libro: Ser una constatadora, una persona capaz de “traer a lo escrito” una experiencia desde el ser mujer, desde el ser mujer en Latinoamérica, desde el ser mujer en Latinoamérica y en Chile que es un país machista, desde el ser mujer en Latinoamérica y en Chile que es un país machista y donde las tradiciones son borradas día a día por la nueva invasión cultural norteamericana de buenos y malos, plasticidad y desecho. Y desde allí ¿qué hacer?, bueno, desde allí tomar lana del ovillo personal y tejer historias de lo que la vida regala para que otros los tomen, se las prueben y si les quedan se vistan con ellas para terminar reconfortados y llenos de la necesidad de hacer, ¿del hacer qué?, del “traer a lo escrito”. Nada más triste que pasar la vida y que el único legado visible sea una planilla Excel llena de números, un detalle de los pagos previsionales y una cuenta en el banco. A eso nos ha llevado esta nueva forma de ver las cosas, por eso creo necesario el estar aquí y compartir con ustedes mis impresiones, ideas, presentar el libro, leer poesía, detener el tiempo un rato para salir a este refugio social a tomar aires, a tomar ideas. Afuera se está librando una batalla y nosotros sólo nos hemos detenido un momento a mirarnos las caras y a ver quienes estamos en esto, cuántos somos, qué estamos pensando.

¿Qué piensa Jacqueline?, bueno me atrevería a decir que ser una bruja es una necesidad y un derecho humano femenino; que si no la dejan ser bruja mejor no la dejen ser nada, ¿para qué?, a ver, hace 500 años ya vinieron los españolitos falo en mano borrando todo vestigio de una cosmovisión equilibrada entre lo masculino y femenino, hoy el deber ser femenino es volver a confiar en la capacidad de leer los ciclos, así como hacer aparecer la íntima relación que tiene la humanidad con la tierra, la madre tierra o ñuke mapu. Y en esto caemos en ¿qué cosa es una bruja?, para mí básicamente es una mujer, una mujer empoderada, conectada completamente con su lado femenino, con su conexión ancestral, que trata de igual a igual al que se ponga delante y que confía en su instinto, aunque no siempre lo siga (porque un buen instinto nunca es a corto, sino a largo plazo).

Bueno y si buscamos las palabras correctas: Sororidad es la palabra, las brujas-mujeres no son solas, son en grupo, en aquelarre-hermandad, potenciándose, sabiendo ser contenedoras en una parte del ciclo y dadoras en el otro; encontrándose bellas en cada etapa de la vida; sabiendo que siempre hay un rol que tomar ante esta búsqueda de un nuevo equilibrio.

Creo que por mi parte he terminado, sólo convidarlos a leer este bello libro, registro del nacimiento, auge y autoreconocimiento de esta bella bruja-mujer-poeta que nos ha dejado este tejido multicolor lleno de historias y secretos.

Bellas son las mujeres, pero más bellas son las mujeres que se saben brujas y que se unen y se tejen y son manta para la humanidad, por ello digo: bellas mujeres del mundo ¡UNÍOS!

Juan Baltra, OSORNO, Febrero 2014


*Este libro ha sido editado en:www.lulu.com y Ediciones Orlando.Concepción.Chile.(tiraje limitado)

Portada Derechos Reservados:Cristóbal Sandoval Lagos

IDENTIDAD DE GÉNERO Y TERRITORIO EN LA OBRA DE JACQUELINE LAGOS

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UNIVERSIDAD DE LOS LAGOS

DEPARTAMENTO DE HUMANIDADES Y ARTE

PEDAGOGÍA EN LENGUA CASTELLANA Y COMUNICACIONES

OSORNO

 

IDENTIDAD DE GÉNERO Y TERRITORIO EN LA OBRA DE JACQUELINE LAGOS

TESINA PARA OPTAR AL TÍTULO DE PROFESOR EN EDUCACIÓN MEDIA, CON MENCIÓN EN  LENGUA CASTELLANA Y COMUNICACIONES, Y AL GRADO ACADÉMICO DE LICENCIADO EN EDUCACIÓN

 * Alumno Tesista: Srta. Virginia Elizabeth Moya Moya

    Profesor Patrocinante: Sra. Diana Kiss de Alejandro

 

 

 

Osorno, Diciembre de 2012

 

 

 

ÍNDICE

1.     INTRODUCCIÓN.. 4

2.     PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA.. 6

3.     DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN.. 8

3.1      Hipótesis y preguntas de investigación. 8

3.2      Objetivos. 9

3.2.1      Objetivo General 9

3.2.2      Objetivos Específicos. 9

3.3      Objeto de estudio. 10

4.     MARCO TEÓRICO.. 14

4.1      Género. 14

4.2      Identidad. 18

4.3      Patriarcado. 20

4.4      Territorio. 23

5.     MARCO METODOLÓGICO.. 27

6.     ANÁLISIS. 29

6.1      Voces dominantes y silenciadas en Mis primeros años. 29

6.2      Desarrollo de la identidad de género en Una bruja emplumada en el Tzolkin. 35

6.3      Elementos identitarios en Conjuros, lo importante es el ritual 42

7.     CONCLUSIONES. 46

8.     BIBLIOGRAFÍA.. 49

 

 Para ambos sexos la vida es ardua, difícil, una lucha perpetua. Requiere un coraje y una fuerza de gigante. Más que nada, viviendo como vivimos de la ilusión, quizá  lo más importante para nosotros sea la confianza en nosotros mismos. Sin esta confianza somos como bebés en la cuna. Y ¿cómo engendrar lo más de prisa posible esta cualidad imponderable y no obstante tan valiosa? Pensando que los demás son inferiores a nosotros. Creyendo que tenemos sobre la demás gente una superioridad innata, ya sea la riqueza, el rango, una nariz recta o un retrato de un abuelo pintado por Rommey, porque no tienen fin los patéticos recursos de la imaginación humana. De ahí la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar, que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad, una de las fuentes más importantes de su poder. 

Virginia Woolf, Una habitación propia

 

 1.     INTRODUCCIÓN

 

Si buscamos remitirnos al origen de las tradiciones, de las normas que rigen nuestras vidas, difícilmente podremos encontrar una respuesta concreta a la pregunta de quién diseñó las reglas a las que debemos ceñirnos hoy en día, es poco probable encontrar un autor delimitado espacial y temporalmente, pero de lo que no cabe duda es que la construcción de los valores ancestrales ha sido y sigue siendo arquitectura masculina. Esta situación no sólo entrega evidencias en las normas sociales de comportamiento cotidiano, no es un mero hecho observable a simple vista, sino que se ha visto reflejado en testimonios en diferentes áreas, las mujeres, como sujetos directamente afectados por esta construcción dual del mundo, han representado sus experiencias de vida paulatinamente a modo de expresión y de denuncia, por ejemplo, a través del arte y la literatura. Es por ello que, al buscar huellas de esta dominación, estructuras que nos den cuenta de esta construcción segregada del mundo, se hace relevante el análisis literario de obras que reflejen un proceso de denuncia de las inequidades que este sistema normativo y cultural ha provocado en desmedro de la mujer. A partir de lo anterior, lo que buscamos en el presente estudio es evidenciar de qué manera en el texto Memoria de una cita inconclusa, de Jacqueline Lagos, se da cuenta, en primer lugar, de este sistema patriarcal de normas impuestas en las diversas sociedades, en este caso enfocaremos el estudio en el desarrollo de estas normas bajo la luz del concepto de territorio, pues consideramos que al ser un espacio físico y simbólico, como detallaremos, es allí donde se construyen y cimentan las relaciones sociales y sus adecuados comportamientos. Por tanto, además de buscar las huellas de la dominación patriarcal que confluyen en determinantes de la identidad de género, buscaremos inferir de qué manera es posible construir esta identidad bajo los parámetros culturales impuestos en cierto territorio.

 

 

 

Para estos efectos, se utilizará el método propuesto por Elaine Showalter, quien plantea un nuevo análisis de la escritura femenina, ya no en base a cánones literarios emanados de los regímenes patriarcales, tampoco en torno a una crítica directa hacia las instituciones tradicionales, sino que por el contrario propone dar cuenta de la existencia femenina en sí misma, de las voces silenciadas y dominadas que han construido el sistema patriarcal que muy bien conocemos. De esta forma, la preocupación central de este análisis será la delimitación de los caracteres que se asocian a la mujer, a través de la observación de los acontecimientos y actitudes que marcan el desarrollo de la identidad de los personajes protagonistas femeninos de cada uno de los textos.

 

El siguiente análisis se considera de relevancia social, y de conveniencia práctica, en el sentido en que se constituye como una herramienta más de denuncia de las injusticias a que se ha visto sometida la mujer a lo largo de innumerables generaciones, por verse impelida a acatar normas en las que no ha participado en su creación, de las que ni siquiera puede aventurarse a juzgar. En cuanto a sus implicaciones prácticas, el presente estudio se considera relevante al recomendar y demostrar un estilo de análisis literario de la crítica feminista, que se considera es de vital relevancia en la construcción de las nuevas voces de lucha del movimiento feminista, pues no sólo se enfoca en la denuncia de injusticias, sino que se encausa al cambio, a la búsqueda de nuevos valores que rijan el mundo femenino por sí mismo, no necesariamente destruyendo lo existente, pero sí produciendo un cambio real, una mejora visible en las condiciones en que la mujer pueda llevar su vida por sí misma.

 2.     PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

 

La temática de género e identidad es un tema con amplio desarrollo investigativo, sobre todo en las últimas décadas, surgiendo, principalmente, como respuesta a movimientos de liberación feminista y de las minorías sexuales. A pesar de lo anterior, de la existencia de voces de denuncia frente a lo que se consideran las injusticias aplicadas por el patriarcado en años de sometimiento a la cultura femenina, no han existido voces que realmente logren generar un cambio de mentalidad en las sociedades contemporáneas, pues vemos que, a pesar de las manifestaciones existentes, la cultura y sus valores continúan desarrollándose alrededor del falogocentrismo.

 

De acuerdo a lo anterior, surge la necesidad de continuar manifestando y exponiendo las herramientas utilizadas por el patriarcado para la dominación del género femenino, pues sólo de esta manera se lograrán reivindicar los estereotipos de género existentes y las injusticias procedentes de años de sometimiento y silenciamiento de un género que no exige superioridad, sino simplemente igualdad. A través de la construcción de un corpus de elementos que den cuenta de las herramientas utilizadas por el grupo dominante- el género masculino- se podrá formular una pauta que indique los caminos a seguir en la construcción de la reivindicación del género femenino. Es por esto, que se ha seleccionado a la autora Jacqueline Lagos para el presente análisis, pues se considera que su obra refleja estas voces silenciadas de la mujer, refleja el desarrollo paulatino de las diversas caras femeninas a lo largo de su proceso de crecimiento y formación, y la forma en que su identidad individual y de género se ve truncada o influida de cierto modo por las tradiciones impuestas por la sociedad que ha creado sus parámetros culturales en torno a una visión masculina del mundo.

 

 

 

De esta forma, se desprende el objeto y los objetivos de esta investigación, es así como se dará cuenta de los rasgos principales, en la obra de Jacqueline Lagos, de la identidad de género femenina, en este caso, en torno al concepto de territorio, que según se considera en este estudio, cumple una función predominante no sólo en el desarrollo de los valores culturales que configuran a los sujetos que viven en determinado espacio, sino que además es un precedente en la formación de las identidades individuales de los sujetos, dando cuenta, a través de un análisis literario, en este caso, de las cosmovisiones o visiones de mundo que configuran este entorno.

 

 3.     DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN

 

El presente trabajo, se centrará en el análisis de la identidad de género que se evidencia en el corpus de textos seleccionados, incluyendo la noción de territorio, pues se considera que es posible la búsqueda de la existencia de ciertas identidades de género “locales”, es decir, que se construyen y fundamentan en torno a las costumbres, características y tradiciones de una comunidad cimentada en un espacio en común. En el caso de este análisis, el espacio que da lugar a la investigación, es el sur de Chile, específicamente en la comuna de Osorno, ciudad de nacimiento de la autora.

 

Para lograr localizar la identidad de género que se desarrolla dentro del seno hogareño del sur de Chile, se trabajará en el estudio de la antología Memoria de una cita inconclusa, de Jacqueline Lagos, que se detalla a continuación como corpus de estudio, además de la enunciación de los respectivos objetivos de trabajo que guiarán este análisis.

 

 

3.1 Hipótesis y preguntas de investigación

 

De acuerdo a lo planteado anteriormente, se relacionarán en este estudio los conceptos de identidad de género y territorio, por lo que la hipótesis de trabajo estará centrada en torno a la interrogante de si es factible evidenciar una identidad de género vinculada en torno al territorio, como eje configurador de los cánones tradicionales de valores y normas que estructuran los límites en que puede desarrollarse la identidad de un sujeto en determinado lugar; en este caso, por supuesto, nos hemos propuesto evidenciar la identidad femenina que reflejan los personajes femeninos de la autora seleccionada.

Ahora, dentro de las preguntas que guiarán nuestra investigación, debemos plantearnos, en primer lugar, ¿de qué manera el territorio influye en la conformación de la identidad de género de un sujeto? Para efectos de solucionar esa interrogante, debemos preguntarnos, a su vez, ¿cuáles son los rasgos de identidad de género presentes en los textos seleccionados de Jacqueline Lagos? ¿En torno a qué conceptos los personajes de los textos seleccionados se identifican, en este caso, como mujeres? Una vez resueltas estas interrogantes, podremos ver si nuestra hipótesis de investigación es viable de comprobar, ya que al detectar los elementos que configuran las identidades de cada género en el espacio de cada narración, podremos observar las estructuras patriarcales subyacentes que delimitan dichos aspectos.  

 

3.2 Objetivos

 

3.2.1        Objetivo General

 

-          Identificar y analizar, desde la visión de la crítica feminista propuesta por Elaine Showalter, la identidad de género desarrollada en torno al territorio como elemento configurador de ésta, en la obra de Jacqueline Lagos.

 

3.2.2        Objetivos Específicos

 

-          Identificar cómo se configura la identidad de género presente en la obra de Jacqueline Lagos.

-          Evaluar los rasgos culturales del territorio que confluyen en la formación de la identidad de género.

-          Evidenciar las relaciones entre los rasgos culturales del territorio de cada texto y la formación de las identidades femeninas localizadas en el análisis.

 3.3 Objeto de estudio

 

El objeto central de análisis de este trabajo se centra en la recopilación de las obras publicadas por la escritora osornina Jacqueline Lagos, nacida el 4 de abril de 1965, en Osorno, Región de Los Lagos. Ha participado como jurado en diversos concursos literarios, además, actualmente es colaboradora en diversos medios, tales como el Proyecto Libro Libre Chile, de la ciudad de Osorno, se desempeña como columnista del diario digital mexicano, Columna Sur, además de ser parte del consulado de Poetas del Mundo. Ha publicado títulos entre los que se cuentan: Mis primeros años (2003), Una bruja emplumada en el Tzolkin (2005), patrocinada por el Servicio Nacional de la Mujer, además de haber estado presente en diversas antologías.

 

En esta tesina trabajaremos con el texto Memoria de una cita inconclusa, edición privada de la autora, en la que recopila tres de sus principales títulos: Mis primeros años, Una bruja emplumada en el Tzolkin y Conjuros, lo importante es el ritual. En cada uno de estos textos, individualmente, se tratan temas que en conjunto aluden principalmente a la mujer y su situación con su entorno, ya sea vista desde una perspectiva tradicional, enmarcada dentro de una familia cuya constitución es característica de las ciudades del sur del país; ya sea a través de personajes femeninos rupturistas, o por medio de acontecimientos que reflejan las consecuencias de las acciones femeninas contrarias a los cánones tradicionales, el conjunto de los textos da cuenta de ciertos parámetros femeninos característicos, configuradores de identidad, como se pretende demostrar, del sur de Chile, específicamente el espacio donde se gestó la autora, Osorno. A continuación, detallaremos cómo se conforma cada texto en cuanto a su estructura y los hechos que allí se presentan.

 

 

 

Mis primeros años es un texto narrado alrededor de un gran racconto por un narrador protagonista que-­ a través de marcas textuales evidencia su feminidad- recuerda su infancia vivida en el seno del hogar de sus abuelos. El texto comienza con un poema de la autora y un epígrafe de Deepack Chopra, en los que se alude al desapego hacia el tiempo, a la transitoriedad de la vida como eje articulador de la construcción de la identidad; en el poema se plantea el desapego del ahora, en el epígrafe se habla de lo eterno, por tanto, las memorias de la infancia son rasgos que definen el presente, y que cíclicamente transitan en nuestro ser. A lo largo de la narración, se articula la historia de la infancia que vivió la protagonista en el campo, se caracterizan personajes y vivencias tradicionales; en primer lugar, se describe el espacio físico de la ruralidad en el que se desarrolla la historia, se describe la casa, el campo y su cotidianeidad. Más adelante, se describen las figuras de los abuelos; él, irascible dentro de la casa, se sometía a las ordenanzas del patrón y se avocaba a la férrea defensa de sus intereses. La abuela era la que unía a la familia, la que se encargaba del cuidado diario de todos, que constituía la esencia del hogar, pero se refugiaba secretamente en el alcohol para llorar sus penas. La narradora desarrolla su adolescencia alrededor del cuidado de sus hermanos menores, al ser abandonados por su padre en esa casa, el hermano mayor se ve obligado a trabajar desde muy joven, y ella a cuidar de los más pequeños, olvidándose a veces de sí misma. Paralelamente, se deja evidencia de las normas y tradiciones que regían la vida de mujeres y hombres, de las actividades características de una familia campesina humilde. Si bien, la protagonista critica ciertas formas de vida o ciertos acontecimientos ocurridos, la nostalgia de una época mejor invade la narración, la constatación de que su presente no se compara a la riqueza emocional que adquirió con sus abuelos finaliza el texto.

 

 Una bruja emplumada en el Tzolkin, por su parte, se erige desde el principio, a través de un preámbulo de la autora, como un texto portador de la voz de su género, que a través de la narración pretende abrir las compuertas de la ignorancia y de la sociedad que quiere imponer el orden moral de turno. Se define luego, a través de una presentación, a la mujer como encapsulada dentro de un ciclo antinatural impuesto, convirtiéndola en un ser frustrado en su feminidad, pues se le pide que encarne un canon no representativo. Dentro del texto se evidencian cuatro grandes etapas del hilo narrativo marcadas por un cambio de voces narrativas. Es un relato in extrema res, pues comienza narrando el desenlace de la protagonista. La primera parte se titula En el Tzolkin, está narrada en tercera persona, y es el relato de la crisis espiritual y mental en que termina la protagonista luego de una serie de acontecimientos que, como más adelante se observa, comienzan con su huída del hogar paterno. La segunda parte, titulada El origen, narra la juventud de la protagonista, su acercamiento hacia el esoterismo, y el viaje que emprende huyendo de su hogar junto a otras amigas. En este viaje, le ocurren hechos desgraciados, que la hacen enterrar la magia que sentía dentro de sí. La tercera parte comienza con el título El encantar de la sincronía, que narra la actual vida de la protagonista, donde la rutina la ha convertido en una mujer “correcta” pero no feliz, debido a esto, se refugia en internet, donde comienza el intercambio de correos electrónicos con un desconocido que se hace llamar “Príncipe”. Esta parte del libro intercala textualmente los correos de ambos personajes para armar el transcurso de su historia. El texto finaliza con una cuarta parte que muestra la desesperación y tristeza en que se sume la protagonista, además de narrar lo que ocurre con los demás personajes, se cierra el texto con un final abierto, y un tanto místico, pues existen teorías sobre el paradero de la protagonista, unos dicen haberla visto en un castillo, otros en un valle. Todo el libro realiza una constante alusión a la cosmología maya, realizando una alegoría entre sus principales planteamientos acerca del cosmos y la relación de la mujer con la tierra y el universo.

 

 

 

Conjuros, lo importante es el ritual, es principalmente un texto poético pero intercala dentro de la voz poética una voz en prosa.  Nuevamente en este texto se plantea, a través de un preámbulo y una presentación, la voz de la autora como portadora de un mensaje femenino, expresa la voz de una mujer rebelde, una mujer devastada, pero, a pesar de la paralización que el poder masculino produce sobre la mujer, insiste en la posibilidad del entendimiento humano. A través de prosa poética, versos, elementos paraverbales de énfasis, como la utilización de poemas ennegrecidos, se configuran diversos hablantes líricos femeninos, relacionados por un eje temático progresivo. Este eje temático progresivo se refiere a la continuidad temporal del desarrollo de una mujer, se observa la voz de una niña que habla a su madre, de una joven, de una mujer rebelde, de una madre. No es un sentimiento uniforme el que rodea los diversos textos poéticos, sino que se mezcla, entre otros, la ingenuidad, el amor, la desilusión, la tristeza y la amargura de ser niña, mujer y madre por imposición.

 

 4.     MARCO TEÓRICO

 

Antes de ingresar en el análisis mismo que orienta este trabajo, debemos tener presentes ciertos fundamentos teóricos que darán la pauta para la comprensión de los objetivos de trabajo y su posterior aplicación. Se pretende dar cuenta de las características con que se configura la identidad de género, en este caso de la mujer, presente dentro del seno familiar constituido en torno a una cultura impuesta por un espacio físico donde se desarrolla la comunidad. De acuerdo con lo anterior, antes de aplicar estos conceptos debemos tener una base teórica en común que permita la adecuada comprensión de las nociones con que se trabajará.

 

4.1 Género

 

Al pensar en un primer momento en el concepto de género, lo asociamos a las categorías de hombre y mujer, como dualidad fundante de las configuraciones de lo masculino y lo femenino, respectivamente. Sin embargo, existen ciertas especificaciones que deben hacerse sobre este aspecto. En vista de los nuevos cánones que están definiendo a hombres y mujeres, vemos que no existe total correspondencia con lo que podríamos asociar al género femenino y masculino con sus respectivos caracteres sexuales. Hemos asistido al surgimiento, masificación y aceptación parcial de nuevas minorías sexuales, que se identifican a sí mismas como sujetos femeninos o masculinos no poseyendo necesariamente los caracteres sexuales que se asocian tradicionalmente a cada uno, me refiero a lesbianas, homosexuales o hermafroditas. De acuerdo a esto, es necesario establecer, en un primer momento para comprender el concepto de género, la diferencia entre este concepto y el concepto de sexo. De acuerdo a lo expuesto por Montecino y Rebolledo, “el primero apunta a los rasgos fisiológicos y biológicos de ser macho o hembra, y el segundo a la construcción social de las diferencias sexuales (lo femenino y lo masculino). Así, el sexo se hereda y el género se adquiere a través del aprendizaje cultural” (en línea). Por tanto, en el presente trabajo, haremos alusión específica al concepto de género como constructo social, diferenciado de la categoría de sexo, meramente biológica.

 

De esta manera, tenemos un primer acercamiento al concepto de género, que se refiere a una construcción social a modo de aprendizaje, por tanto compartida por una comunidad, que diferencia lo femenino de lo masculino, tal como dice Beauvoir “No se nace mujer: se llega a serlo” (87, en línea). Así, el género es algo que se construye paulatinamente, responde y se enmarca dentro de los parámetros culturales de las diversas comunidades, que no cuestionan o buscan el origen de estos parámetros, sino que simplemente se desarrollan en torno a ellos. 

 

Ahora, debemos agregar un nuevo elemento en la definición que se está construyendo, “todos actuamos como nos dictan nuestras ideas, que siempre responden a una creación cultural y están histórica y espacialmente situadas” (Mc Dowell, 2000: p.20), lo que significa que los cánones culturales que definen no sólo el género, sino también el comportamiento generalizado, deben estar limitados espacialmente dentro de un lugar común que permita el desarrollo de las tradiciones, normas y valores de cada comunidad. Los individuos deben pertenecer a ciertos grupos espacialmente delimitados para poder desarrollar, en este caso, un estereotipo de género. No negamos que un individuo pueda crecer en diferentes lugares, pero se acepta que los parámetros culturales que se le impongan serán los adquiridos por sus padres en un lugar específico, o los que marquen su identidad en un momento dado serán los de la cultura que le cause un mayor impacto e influencia.

 

Para efectos de este trabajo, entenderemos el concepto de cultura trabajado por Rosario Castellanos, en su estudio Sobre cultura femenina, que plantea que la cultura es la “realización de los valores, los valores como cualidades en las que se reconoce un conferidor de eternidad, cualidades susceptibles de ser conocidas y realizadas por el espíritu, forma de conocimiento y modo de conducta específicamente masculinos” (2005: p. 215). Considerando este concepto de cultura como elemento que define lo que es el género en cada comunidad, nos damos cuenta de un tópico que desarrollaremos en el siguiente punto, referente a la construcción masculina de la sociedad, desde su perspectiva se construyen no sólo las normas, sino que también este hecho influye en la constitución de los géneros de cada individuo.

 

Frente al planteamiento de parámetros genéricos basados en una concepción masculina del mundo, “la paradoja de ser definida por otros reside en que las mujeres terminan por ser definidas como otros: son representadas como diferentes del hombre y a esta diferencia se le da un valor negativo. La diferencia es, pues, una marca de inferioridad” (Braidotti, 2004: p. 13). Un hecho que veremos comprobado cuando nos refiramos al término de patriarcado, que se definirá en función de la construcción que culturalmente se impone al género femenino y las consecuencias que esto trae en la formación de la identidad.

 

Recapitulando, nos encontramos ante la delimitación del género, que es un constructo social que se adquiere dentro de la comunidad y define los parámetros de lo femenino y lo masculino, pero debemos tener presente la particularidad, como acabamos de mencionar, de que estos parámetros han sido construidos por sólo uno de estos grupos, el masculino, que al representar su posición tratará de verse privilegiado abandonando toda objetividad en esta construcción social del género.

 

Ahora, si nos enfocamos en que la cultura es el elemento que imprime las nociones de desarrollo de los sujetos, su género en consecuencia, y la vida cotidiana de cada comunidad, debemos tener presente que esta cultura no necesariamente es universal y no sólo nos entregará valores y normas generales, sino que

Desde un análisis antropológico de la cultura es importante reconocer que todas las culturas elaboran cosmovisiones sobre los géneros y, en ese sentido, cada sociedad, cada pueblo, cada grupo y todas las personas, tienen una particular concepción de género, basada en la de su propia cultura. […] Por eso, además de contener ideas, prejuicios, valores, interpretaciones, normas, deberes y prohibiciones sobre la vida de las mujeres y los hombres, la cosmovisión de género propia, particular, es marcadamente etnocentrista (Lagarde, 1996: p. 14).

 

            Así, el género de mujeres u hombres es un constructo social, definido por los parámetros culturales de una comunidad espacialmente delimitada, que impone su concepción del mundo a partir de una visión etnocentrista, realzando las ideas propias por sobre las extranjeras o foráneas. De esta forma, podemos inferir que el género es un concepto o categoría variable, no vamos a encontrar géneros universalmente aceptados, pues sus límites se vuelven difusos de acuerdo a la localidad donde se observe, no es igual, por ejemplo, una definición de género basada en los parámetros culturales de una sociedad capitalista occidental que una cultura islámica de Oriente.

 

            En resumen, el concepto de género que utilizaremos tendrá las siguientes características:

  • Se diferencia del sexo, meramente biológico, porque es una construcción de la sociedad,
  • Los parámetros que lo configuran se encuentran situados espacialmente haciéndolo variable en ciertos aspectos específicos de cada cultura,
  • Ha sido configurado desde una visión masculina, por tanto, genera diferencias negativas hacia las mujeres,
  • Es etnocentrista, por lo que imprime sus características específicas y locales a los individuos que habitan en cierto lugar.

 

4.2  Identidad

 

            Remitiéndonos a un concepto más concreto que el de género, vamos a referirnos a la identidad, que ya no es a nivel de colectividad, sino que se refiere a la particularidad con que cada sujeto asume y construye su individualidad. Resumiendo, debemos tener claro que en el individuo se conjuga no sólo el género, sino que éste se manifiesta a través de las características de la identidad de cada sujeto. No todos asumimos de igual forma los estímulos del ambiente, sean estos físicos, simbólicos (como valores o normas) o psicológicos (emociones). Por tanto, el sujeto femenino o masculino, está construido a través de parámetros culturales a nivel macro, como el género, pero éstos se articulan en cada individuo de forma específica y concreta.

La identidad es como el sello de la personalidad. Es la síntesis del proceso de identificaciones que durante los primeros años de vida y hasta finales de la adolescencia la persona va realizando. Se puede afirmar, entonces, que la identidad tiene que ver con nuestra historia de vida, que será influida por el concepto de mundo que manejamos y por el concepto de mundo que predomina en la época y lugar en que vivimos (Álvarez, en línea).

 

            Como vemos, la identidad es el reflejo no sólo de lo que nos acontece a nivel cultural, como el género, sino también es fiel reflejo de nuestras experiencias personales, de nuestras identificaciones con nuestro entorno cercano, que varía como hemos dicho culturalmente, pero también a nivel familiar, pues es imposible que todos los sujetos pasen por las mismas experiencias, reaccionen de la misma manera o que construyan los mismos mecanismos de defensa o actúen de igual forma ante la sociedad.

 

Ahora, considerando la alusión psicológica del concepto de identidad como expresión individual de un proceso de identificaciones con el entorno, vamos a agregar un componente de la definición cultural de identidad, considerando el concepto que nos plantean Castellón y Araos, observamos entonces que la identidad nos “remite a una noción de nosotros mismos, en función o en comparación con otros que no son como nosotros” (en línea). De esta forma, la identidad, proceso particular e individual de reconocimiento que cada individuo va a tener en consideración para su formación, va a ser la imagen propia que se hace el sujeto de sí mismo, en comparación con la de los demás, los otros, diferentes y heterogéneos. Asimismo, los autores consideran que este concepto tiene una doble significación, “por una parte corresponde a una especie de autoimagen, o a una forma de concebirse y, por la otra, se refiere a una comparación inmanente con otro conjunto de seres que no tienen las mismas costumbres, hábitos, valores, tradiciones o normas” (en línea).

 

Tal como se mencionó anteriormente, además de la configuración masculina del mundo en cuanto a la división y caracterización de los géneros, nos vamos a encontrar, entonces, con que la mujer se verá enfrentada a formar su identidad, su autoimagen y la imagen de los demás en función de una condición de inferioridad impuesta culturalmente desde tiempos remotos. Es así, como la identidad de género, el reconocerse a sí mismo, en el caso de este análisis como mujeres, va a estar limitada e influenciada por la imposición de una visión masculina, que se forja en desmedro del género femenino. La identidad, el género, la autoimagen que la mujer forje de sí misma, será la de un ser inferior, que debe obedecer lo impuesto por estos cánones masculinos.

 

 

 

 

4.3  Patriarcado

 

Volviendo al concepto de género e identidad, recordemos que la cultura está planteada desde sus orígenes en términos masculinos, en parámetros delimitados desde su punto de vista, produciendo una marcada y sesgada diferencia entre hombres y mujeres. “La dicotomía sexual que marca nuestra cultura situó sistemáticamente a las mujeres en el polo de la diferencia, entendida como inferioridad respecto de los hombres” (Braidotti, 2004: p. 16). De esta forma, se construyeron normas, valores, identidades y tradiciones en torno a la figura masculina como eje central, dejando en la periferia a las mujeres, pero siempre manteniendo control sobre ellas, por esta razón, se acentúa en ciertas épocas, y se mantiene al margen en otras, pero nunca ha desaparecido completamente este concepto de patriarcado.

 

Para efectos de este análisis, se considera central el concepto de patriarcado en torno a la construcción de las identidades de género, pues cumple una doble función para los fines de este estudio; por una parte, además del territorio, el patriarcado es un elemento configurador de parámetros culturales y valóricos que influyen, por supuesto, en la construcción de una identidad en particular y en la configuración de los márgenes de desarrollo de ambos géneros; por otra parte, se considera un elemento central en esta investigación pues es la causa y la consecuencia del silenciamiento de las voces femeninas, de la formación de estereotipos de género y de los órdenes jerárquicos que tradicionalmente los alinean.

 

Para comenzar a comprender los alcances del concepto de patriarcado, vamos a iniciar considerando la definición planteada por Mc Dowell, quien menciona que

En general, el término patriarcado significa la ley del padre, el control social que ejercen los hombres en cuanto padres sobre sus esposas y sus hijas. En el sentido más específico de los estudios feministas, el patriarcado es aquel sistema que estructura la parte masculina de la sociedad como un grupo superior al que forma la parte femenina, y dota al primero de autoridad sobre el segundo (2000: p. 32).

 

Los primeros elementos que debemos destacar de esta definición deben centrarse en el control ejercido por los hombres por sobre las mujeres por considerarlas un grupo inferior, esta inferioridad da paso al criterio de autoridad que se infiere posee el grupo superior, los hombres. En este sentido, al igual que con los conceptos de género e identidad, nos encontramos ante un término de naturaleza variable, pues este control, si bien se ha constituido como una práctica generalizada, cambia y se va reajustando de acuerdo a los parámetros sociales y culturales en donde se enmarque. No debemos dejar de lado la existencia de sociedades y comunidades con límites normativos más flexibles que otros, en donde, simultáneamente, los límites de la autoridad ejercida por los hombres y la dominación hacia la mujer también se van a adaptar a estas características cambiantes.

 

Si bien, el patriarcado se reafirma mediante las instituciones sociales, las normas tradicionales y jurídicas, también lo hace a través de las instituciones familiares, cada núcleo familiar imita y enseña a las siguientes generaciones las normas que le han sido impuestas a lo largo de su desarrollo. No obstante, a esta mantención del poder del patriarcado por medio de instituciones sociales y familiares, podemos agregar la influencia del capitalismo, pues a juicio de Eisenstein,

Las mujeres cumplen cuatro grandes funciones en las sociedades capitalistas. En primer lugar, estabilizan las estructuras patriarcales, especialmente la familia, desempeñando los papeles socialmente definidos de esposa y madre; en segundo lugar, reproducen nuevos trabajadores para la mano de obra, remunerada o no; en tercer lugar, estabilizan la economía con su papel de productoras; y en cuarto y último lugar, ellas mismas participan en el mercado de trabajo recibiendo sueldos inferiores” (Mc Dowell, 2000: p. 125).

 

            De acuerdo a las afirmaciones anteriores, se observa que el patriarcado se ha visto fomentado y reafirmado institucionalmente por las sociedades en general, las familias en particular y económicamente por el capitalismo, ya que se encasilla a la mujer como esposa y madre dentro del hogar para manejar la propiedad privada del hombre, además de traer al mundo nuevos obreros, y participar del juego del mercado trabajando por salarios inferiores sin expresar molestia, pues son un grupo considerado inferior, como se mencionó con anterioridad.

 

            El orden impuesto por el dominio patriarcal construye diferentes imágenes del hombre y la mujer; al hombre se le considera un ser completo, conductor del mundo, de las mujeres y de sí mismo; la mujer, en cambio, es considerada inferior, subordinada y dependiente, debe articular sus vidas en torno a este hombre que es el dueño del mundo y, obviamente, debe obedecerlo ciegamente. No obstante, si la mujer cumple a cabalidad su rol de obediencia, sigue siendo un ser inferior, no es aceptada como un igual. Ahora, “para las mujeres que no cumplen con sus deberes de género están la exclusión, el rechazo, la desvalorización, el daño y el castigo institucionales y personales” (Lagarde, 1996: p. 61). Entonces, la mujer, además de no ser incluida en el orden patriarcal, de ser considerada inferior aunque cumpla las normas, es castigada si se rebela contra el orden establecido, es enjuiciada y rechazada públicamente.

 

            Sintetizando, para efectos del posterior análisis, consideraremos entonces el patriarcado como el gobierno del padre, padre de su mujer y de sus hijas, que las considera como seres inferiores, pues están bajo su dominio; además, este orden del mundo se ve facilitado por las normativas jurídicas, por las mismas familias y por el capitalismo, que ve en él un aliado. A esto debemos agregar que la mujer que se rebela contra el orden establecido es duramente sancionada.

 

4.4  Territorio

 

Para referirnos al término de territorio, vamos a configurar una doble definición, pues nos remitiremos, en primer lugar, a aquel espacio donde se desarrolla la comunidad y, en segunda instancia, a aquel espacio donde se configuran las relaciones individuales dentro de cada familia: la casa. Consideramos por tanto, y en línea con los objetivos de estudio, que ambas dimensiones del territorio son piezas claves al momento de la construcción individual del género, de la identidad de género.

 

            En busca de una definición del lugar antropológico donde se desarrollan las comunidades y forman sus culturas, nos referiremos a la idea aportada por Marc Augé, quien afirma que el lugar es aquella

Construcción concreta y simbólica del espacio […] Estos lugares tienen por lo menos tres rasgos comunes. Se consideran (o los consideran) identificatorios, relacionales e históricos. En el plano de la casa, las reglas de residencia, los barrios del pueblo, los altares, las plazas públicas, la delimitación del terruño corresponden para cada uno a un conjunto de posibilidades, de prescripciones y de prohibiciones cuyo contenido es a la vez espacial y social (Augé, 2004: p. 57).

Así, vemos que el espacio es una construcción concreta, pues está situada en un tiempo y espacio de orden fijo, además es una construcción simbólica, pues en ella se desarrolla la cultura y la vida social. Este lugar donde se desarrollan las comunidades es identificatorio, pues los individuos se reconocen a sí mismos en este espacio; es relacional, pues en él se producen las interacciones sociales entre los individuos; y, es histórico, pues existe una tradición temporal de la comunidad en ese espacio. El lugar, en conclusión, es el espacio donde se reconoce identitariamente un grupo de personas y en donde organizan su vida social.

Desde este punto de vista el territorio es, en primer lugar, la apropiación de un espacio en vista de transformarlo o transfigurarlo en algo propio, ya sea en el sentido de la adquisición como en el sentido de la identidad. De este modo, se ha dicho, el territorio es fundamentalmente un espacio de reconocimiento de sí, o de otro; el entorno donde podemos identificar lo nuestro, o lo ajeno, y tal parece ser el sentido que se quiere destacar cuando se dice el territorio como un espacio apropiado (Vergara, 2010: p. 168).

 

A las características del lugar o espacio propuestas por Augé, Vergara agrega un componente esencial, la identificación del sujeto como sí mismo a través del espacio, pues al apropiarse de un lugar, el individuo puede identificarse y distinguir al otro como un ser diferenciado y con rasgos propios. De esta forma, el territorio es un elemento central en la configuración de la identidad, en la visión que el sujeto genera de sí mismo.

 

Dentro de este lugar, que identifica a los individuos de una comunidad, donde éstos se relacionan y forman sus vidas, existen relaciones de poder que establecen las normas que van a demarcar a la colectividad que se asocie ahí, por tanto, estas normas van a definir quién puede pertenecer a ese lugar y quién quedará excluido. Tal como mencionamos con anterioridad, generalmente las normas de una sociedad concreta van a estar definidas por medio de un orden patriarcal del mundo, dejando de lado a todo aquel que se oponga, que no cumpla sus normas, o que no se ajuste a la realidad que se le presenta. De este modo, se van a configurar redes de normas de conducta dentro de las comunidades para el desarrollo de su lugar de convivencia, que marcarán las relaciones entre los individuos, y variarán su rigidez de acuerdo al tipo de comunidad donde se enmarquen.

 

Ahora, definido este espacio de la comunidad, este lugar antropológico donde ésta se desarrolla, como una construcción concreta (espacial y temporal) y simbólica (normas, tradiciones, valores) de rasgos comunes identificatorios, relacionales e históricos, vamos a adentrarnos en una institución que se enmarca dentro de toda comunidad, donde se forman las relaciones parentales: la casa.

 

El lugar donde se desarrolla la vida en comunidad cuenta con espacios públicos, de común derecho, y espacios privados, individualizados para las familias. Generalmente, dentro de esta visión patriarcal que domina el mundo y las cosmovisiones, se asocia el espacio público al hombre, pues es donde éste trabaja, convive con otros hombres y adquiere prestigio; por otro lado, el espacio privado, el de la casa, es asociado a la mujer, pues es ella quien está constreñida a hacerse cargo de ésta. Ahora, no necesariamente este espacio de la casa es para las mujeres un área de distensión y felicidad, pues “para las mujeres, estimuladas (y a veces forzadas) a identificarse con la casa y restringir su vida a sus paredes, ésta se convirtió en el espacio de la imposibilidad de emancipación, del abuso y de la satisfacción, alternativamente” (Mc Dowell, 2000: p. 114). En relación a este espacio de la dominación, donde está confinada la mujer, surgen tentativas, en las últimas décadas sobre todo, de abandonar esta sumisión, lo que por supuesto se refleja literariamente originando que las protagonistas de la escritura femenina abandonen su casa “para iniciar peregrinaciones ‘reales’ o ‘imaginadas’ por las calles de una ciudad desconocida, por el bosque o la playa en un estado de espera alucinada” (Guerra, 1999: p. 17). Es así, como observaremos en algunos episodios de los textos a analizar, que las protagonistas se ven forzadas a buscar camino en otros lugares fuera del hogar, a dejar de lado las normas impuestas, la obligación de formar familias o ser el ángel del hogar.

 

Consideraremos, entonces, para el posterior análisis, el territorio y la casa como espacios demarcados con límites masculinos, con normas y valores masculinos, para las mujeres, que deben ajustarse a ellos, obedecer, confinarse al espacio hogareño en función de “un bien mayor”: administrar la propiedad privada del marido, criar a los hijos y someterse.

 

Los conceptos anteriormente delimitados, género, identidad, patriarcado y territorio, se han considerado pertinentes al objetivo de investigación, pues configuran los elementos centrales que se trabajarán en el análisis de los textos. Se busca delimitar la identidad de género que logra desarrollarse bajo una cultura patriarcal, bajo los parámetros que crecen en torno al territorio, en este caso determinado en la comuna de Osorno, a través del análisis de la obra de la escritora local Jacqueline Lagos; por tanto, lo que se pretende es observar de qué manera se flexibiliza o coarta la posibilidad del género femenino de formar una identidad particular, en función de las normas de su comunidad, y en función de la mentalidad de su entorno cercano, influida, por supuesto, por la comunidad.

 5.     MARCO METODOLÓGICO

 

Para lograr el cometido central de esta investigación, identificar los rasgos de identidad de género presentes en los textos de Jacqueline Lagos, se utilizará el método descriptivo, pues analizaremos cómo se presenta el fenómeno de la identidad de género dentro de un texto, y especificaremos la forma en que éste se desarrolla.

 

Desde la perspectiva del análisis en sí mismo, se utilizarán los preceptos recomendados por Elaine Showalter en su ensayo Feminismt Criticism in te Wilderness[1], quien plantea, principalmente, que la crítica literaria feminista debe abandonar todos los cánones masculinos de producción, interpretación y crítica de los textos literarios pues, evidentemente, éstos han sido formulados desde su perspectiva relegando las producciones femeninas a lo ‘otro’. Showalter, de acuerdo a lo anterior, introduce el término ginocrítica para referirse a aquella crítica en que se han disuelto los lineamientos masculinos que han establecido la historia de la literatura y se han comenzado a forjar nuevos aspectos de la cultura femenina.

 

El primer aspecto que se considerará de Showalter, aparte de las fases en la escritura de las mujeres que se mencionan a continuación, será la importancia que atribuye al esclarecimiento de un doble discurso en los textos literarios, por una parte se encuentra el discurso oficial, el de los hombres que dominan, y por otro, un discurso silenciado, menos legitimado, el de la mujer, que puede constituirse, a través del lenguaje, en un mecanismo de denuncia y apertura a nuevas formas de entender la dicotomía de la relación hombre- mujer. De esta forma, del análisis de los textos seleccionados se evidenciarán los aspectos de la cultura dominante que limitan o coartan el desarrollo de las silenciadas, las mujeres, permitiendo construir los rasgos de identidad de género que la cultura ha permitido desarrollar a los sujetos femeninos presentados como personajes de los textos. Es por ello que se le atribuye a la escritura femenina, desde la perspectiva de Showalter, la tarea de buscar herramientas que permitan rescatar lo femenino de su condición vitalicia de inferioridad, deben hacer visible, a través de sus palabras, lo invisible, lo silenciado.

 

Showalter plantea ciertas fases en el desarrollo de las mujeres escritoras que, postula, son cíclicas, pues pueden volver a surgir luego de una época de predominancia de otra etapa. Para efectos de este estudio, consideraremos la fase de mujer, la cual se refiere a las escritoras de la época contemporánea, que centran el interés de los textos en la mujer misma. En esta fase, las escritoras más que reflejar una existencia femenina, lo que hacen es tratar de formar una conciencia femenina, de sí mismas; además, menosprecian la moral masculina, mencionan más el cuerpo femenino, sus sensaciones, y se preocupan de tratar temas tabúes como el adulterio, el aborto, la violencia (Pacheco, 2005: p. 260, 265).

 

De acuerdo a lo anterior, el presente estudio se enfocará en el análisis de los textos de Jacqueline Lagos a la luz de las ideas claves de Showalter, a saber, en primer lugar, se identificará, cuando  se encuentren luces en el texto, la voz de la dominación, la voz masculina o los rasgos que se consideren relevantes e influyentes en la construcción de la identidad de la mujer, la sometida o silenciada. Asimismo, se buscará delimitar de qué manera se presenta la fase de la mujer en los textos seleccionados, para así observar qué parámetros culturales rodean a los personajes, y de qué manera es posible que hayan desarrollado su identidad. Además, se analizarán los elementos que son mencionados como centrales en la configuración de esta identidad, para establecer de qué manera el territorio ha influido en el desarrollo o limitantes de la identidad de género de la zona tratada en las obras.

 6.     ANÁLISIS

 

A continuación, se aplicarán los conceptos analizados con anterioridad en el marco teórico y metodológico, para así dar cuenta de los objetivos generales y específicos que guían el estudio. Para estos efectos se analizarán por separado los tres textos contenidos en el compendio Memoria de una cita inconclusa pues se observa que los textos, por separado, responden a una continuidad temática en el desarrollo de la construcción de la mujer como sujeto femenino, pasando por las diversas etapas de su periodo vital, por los diferentes roles que debe asumir, si decide tomarlos o le son impuestos, lo observaremos en el análisis. Lo anterior, a la luz del concepto de territorio que, como vimos, se observará si efectivamente es un elemento central en la configuración de la identidad de género. 

 

6.1 Voces dominantes y silenciadas en Mis primeros años

 

La identidad femenina a considerar en el texto “Mis primeros años”, se enmarca en torno a un ámbito rural, típico de las zonas periféricas del sur, por ello el espacio donde se desarrollan los acontecimientos y la infancia de la protagonista y su familia es la casa de una familia dependiente de un patrón, al que le deben fidelidad y obediencia. Es por esto, que los principales rasgos constitutivos de la identidad de sus personajes giran en torno a valores tradicionales, herméticos e inviolables.

 

            Para comprender, entonces, la configuración de los parámetros de la voz silenciada de la mujer, en este caso reflejada a través de la protagonista, debemos tener en consideración, en primer lugar, la presencia de la voz dominante, el sujeto masculino en torno al cual se articula la vida de la casa, el individuo que impone las reglas y trae el sustento al hogar: el abuelo. La narración en primera persona de la protagonista nos entrega luces de los sentimientos que provocan en ella las circunstancias que hacen que vivan en ese hogar, a raíz de esto, nos dice de su abuelo: “Tengo que decir que mi abuelo fue siempre la persona de carácter irascible en la casa. Casi siempre poseía una expresión concentrada e íntegra. Él imponía las reglas, el respeto y cada una de esas cosas ‘que no se deben hacer’” (Lagos, 2011: p. 16). A raíz de la descripción anterior, observamos que las normas las impone el abuelo, quien poseía un carácter irascible pues él es el hombre, él mantiene el hogar y por esto su voz debe ser escuchada. Es así, como observamos un primer rasgo en el texto de lo que Showalter propone en su crítica, atender la voz de los dominantes y la de los silenciados; de esta manera también, observamos un primer límite de dominación con el que van a encontrarse los individuos que viven en el hogar de un sujeto con tales características tradicionales y apegadas a las normas, hecho que se observa con frecuencia en los hogares rurales del sur de Chile.

 

            Tal y como el abuelo es el sujeto proveedor, el que está vinculado con lo externo al ambiente del hogar, dentro de él encontramos a la abuela, de quien se dice que “Para mi abuela no había enfermedad a la que no le supiera la cura. Sus entuertos y mejoras gozaban, al parecer, de gran popularidad por la gente que iba en busca de ellos” (Lagos, 2011: p.20). Además de otras observaciones que realiza de la abuela, se evidencia a grandes rasgos, que ella es la que está presente en el cuidado de la casa, en la cocina y la crianza de los niños, además de conocer los secretos relacionados con el uso de plantas medicinales; todas estas actividades son las que le son heredadas a la mujer por tener que quedarse dentro del hogar, por tener que relacionarse dentro de un espacio limitado por las paredes de la casa. Así como se mencionó en un principio, la mujer no tiene otra opción más que la de quedarse en el hogar, encargarse de las tareas y las responsabilidades que esto conlleva, pero esto no significa que todas las mujeres asuman con una atenta predisposición estos roles. Es por ello que, en innumerables ocasiones, por no tener otras opciones, las mujeres deben conformarse e inventarse una felicidad que muchas veces no es tal, tal como menciona la narradora,

 

Estoy absolutamente segura del orgullo de alma que debe haber tenido mi vieja, de ese dar generoso, de su constante sacrificio, ese espíritu de esposa sencilla, esa sobria manera de guardar cada una de las infidelidades de mi abuelo, de ese rostro relucido y animoso que daban un sello inigualable a toda su expresión (Lagos, 2011: p. 23).

            La mujer encasillada dentro del hogar, si no trata de evadir esta realidad, se ve obligada a aceptar ser tratada como inferior, en el sentido de que las actividades lícitas o ilícitas que realiza el marido, e incluso los hijos varones, no son las mismas que ella puede realizar, sus acciones son controladas y mermadas en desmedro de sus libertades, que por lo general no son consideradas.

 

De acuerdo a lo anterior, el sujeto femenino se ve en la obligación de buscar refugio a sus desdichas en actividades indebidas, que por lo mismo se ocultan, por ejemplo: “Mi vieja encontraba el refugio a la vida sacrificada que le daba mi abuelo, en aquellos sorbos – de aguardiente --, y a mí no me gustaba verla cuando lloraba sus penas sumergida en el aliento de la copa que se tomaba” (Lagos, 2011: p. 23).

 

            Ahora, la voz silenciada de la mujer no tan sólo fue fomentada por hombres, sino que asimismo por mujeres, vemos que las normas patriarcales impuestas por los hombres son reflejadas por las mujeres a través de la educación que imparten a sus hijos e hijas. La misma narradora señala,

Se me viene a la mente cuando llegué a la pubertad, y sentí un rastro sanguinolento entre las piernas. Asustada corrí a sus brazos a contarle lo que me estaba pasando, ella muy serena me dijo: ‘Ahora empieza a crecer como una mujer que es, tiene que pensar mucho antes de hacer ‘insolencias’ con un hombre.’ Yo la escuché atentamente aunque para mí no quedaba claro eso de la ‘insolencia’. Más tarde cuando me enamoré, del que ahora es mi marido, entendí perfectamente a lo que se refería mi abuela (Lagos, 2011: p. 29).

           

Se observa en la narración anterior que la abuela le enseña a su nieta el concepto de la menstruación como algo regulado, no como algo plenamente propio de la mujer, le inculca que desde ahora su cuerpo ya no está sujeto a los libres juegos de la niñez, sino al contrario, ahora su cuerpo está regulado por lo que es bueno o malo y, evidentemente, la libre dirección del cuerpo femenino no es una opción. No se plantea aquí el libertinaje sexual en torno al cuerpo, me refiero a la libre elección, a la elección personal sobre qué hacer con el cuerpo propio en diversos aspectos como el aborto, la sexualidad, entre otros.

           

            Ahora, al haber analizado la perspectiva que nos otorgan los pilares familiares de los personajes de la obra, sus abuelos, podemos inferir que la situación de los nietos que están a su cargo no es diferente en cuanto a su formación de lo que reflejan e imponen los abuelos en sus actitudes. En el libro Mis primeros años, los personajes se ven envueltos en una situación incómoda, pero no poco común en las familias del campo, incluso en las ciudades, los padres toman rumbos diferentes al de sus hijos, se van y los dejan al cuidado de sus abuelos. Es por ello, que se ven también obligados a asumir ciertos roles, en este caso la protagonista, como hermana mayor, siente que debe ser una especie de madre para sus hermanos, por ello posterga su relación filial, de hermanos, para imponer respeto y algunas reglas. Pero, no por ello se siente satisfecha, al contrario, afirma: 

Cuando recuerdo los papeles asumidos como La Mayor, no puedo dejar de sentir pena. Creo que hubo roles que me tocaron así no más, sin pedirlos, sin buscarlos y que a lo mejor me fueron haciendo, para mis hermanos, un ser duro y descarnado que tuvo intervenciones no siempre equitativas con ellos. Los enjuiciamientos que hasta hoy me han hecho, han ayudado a que por ratos me vaya también olvidando de mirarlos como a unos seres maravillosos que amo con singular afán (Lagos, 2011: p. 45).

           

Esta situación demuestra que no en todos los casos asumir roles que no corresponden pero que la sociedad impone es algo positivo. Debería ocurrir que los niños vivan con sus padres, que desarrollen la etapa de su niñez como corresponde, pero por cumplir a cabalidad lo que dice la tradición, en casos como estos, no es posible que aquello ocurra. En este caso, la mujer es la que se ve obligada a cuidar a sus hermanos pequeños, a imponer reglas, a tratar de ser justa sin tener por qué saber cómo llevar a cabo esa tarea; además, ella también se ve impelida, al suplir el rol de madre, a postergar su desarrollo, su vida y sus sentimientos.

 

Volviendo un poco al primer punto tratado, las voces dominantes, nos encontramos a través de la lectura, con la aparición de la descripción del hermano mayor de la protagonista, quien al igual que ella, se vio obligado a asumir roles de adultos pues fueron víctimas del abandono de sus padres. Es así, que la narradora considera que “Creo que por eso mi hermano, el único varón de la familia, salió desde muy temprana edad a trabajar, a ‘ganarse los porotos’ como decía mi abuelo. Era sólo un chiquillo cuando ganó su primer sueldo” (Lagos, 2011: p. 33). En este sentido, observamos que no sólo las mujeres están obligadas a asumir roles impuestos por la sociedad tradicional, sino también los mismos hombres, pues es su ‘deber’ hacerse cargo del hogar, aunque no esté en sus planes ser jefes de familia. Sin duda, entonces, los valores y normas enraizados en la cultura de un territorio son inviolables y, por lo mismo, se continúan reproduciendo a lo largo de las generaciones.

 

            No siempre lo que es correcto nos deja con el sabor de la satisfacción, al contrario, realizar actividades por obligación, muchas veces sin comprender la causa de los acontecimientos deja un sentimiento de incertidumbre, frustración, se convierte en un dilema no menor el no saber por qué entregamos nuestras vidas a algo que nos dicen ser lo correcto, esto es lo que ocurre con los personajes en el texto: “El no haber sabido de un progenitor, o mejor dicho, haberlo sentido ausente en la vida de todos mis hermanos, fue en un comienzo, el camino pedregoso que nos tocó. Fueron momentos en que niña o niño nos preguntábamos los porqués de la vida que llevábamos” (Lagos, 2011: p.49). Esta afirmación que realiza la narradora, nos reafirma que los roles de mujer u hombre no se escogen, son impuestos y por ello se cumplen a cabalidad pero no plenamente ya que en ocasiones, como la que se plantea en el texto, se realizan en condiciones injustas, impuestas y arbitrarias. Lo anterior confirma que los valores tradicionales del patriarcado, a pesar de su cumplimiento casi a cabalidad, remiten a sujetos impelidos a cumplir roles, incluso los hombres, el género dominante muchas veces debe realizar labores que no desea.

 

            Ahora, ya vislumbradas las características de las voces dominadas y silenciadas de hombre y mujer, respectivamente, podemos aventurarnos en los rasgos culturales que presenta el territorio descrito pues, como mencionamos en un principio de este apartado, la narración transcurre en el hogar de una familia dependiente de un patrón de fundo; además, se trata de un hogar mantenido por un matrimonio anciano, lo que aumenta la tradicionalidad de las normas que allí se desarrollen. A través del análisis, por tanto, se pudo observar que en este territorio específico, el campo y sus característicos hogares de trabajadores dependientes, ocurre una situación que configura los cánones culturales de las familias que componen ese territorio: la fidelidad al patrón produce que los individuos a su cargo coarten su desarrollo en tanto a oportunidades de salir de ese ambiente, se limitan a obedecer y cumplir funciones que muchas veces rayan en la explotación. Ahora, de acuerdo al interés de este estudio, esta situación configura los roles de género de cada habitante de ese territorio pues el carácter de obediencia y sumisión que ejercen los jefes de hogar es traspasado a sus familias en forma de reglas absolutamente rígidas, tradicionales, obviamente patriarcales que enmarcan a los sujetos bajo una posición en la que es difícil escapar a lo impuesto. Es así, como los personajes femeninos y masculinos deben desarrollar su identidad bajo los parámetros que impone el abuelo; la abuela, por una parte, debe hacerse cargo de la casa, de los niños, ocultar sus sentimientos y, además, ser testigo de las infidelidades constantes de su marido. El hermano mayor de la protagonista, como se menciona, es obligado a trabajar desde muy pequeño pues debe cumplir su rol de hermano mayor, debe salir del hogar y hacerse cargo de los gastos de los hermanos menores. Asimismo, la protagonista, tal como se observó en el análisis precedente, debe cumplir su rol de hermana mayor y suplir a la madre ausente imponiendo normas, castigos y dejando de lado su normal desarrollo de adolescente; por otra parte, se observa que los cánones que se relacionan a la mujer son bastante enraizados en las comunidades más tradicionales, las mujeres deben ‘hacerse respetar’, no sentir deseos carnales, pues la sexualidad es mal vista fuera del matrimonio, matrimonio que por supuesto es arreglado por las familias.

 

6.2 Desarrollo de la identidad de género en Una bruja emplumada en el Tzolkin

 

El libro Una bruja emplumada en el Tzolkin presenta una estructura in extrema res, lo que para efectos de este análisis se modificará para plantear una evolución temporal de la identidad de género que se evidencia en la protagonista de la narración, marcada por la imposición de la rutina en su vida, hecho que marca profundamente su visión de la vida, su forma de ser y sentirse mujer.

 

      Tal como mencionamos en el marco metodológico las escritoras clasificadas dentro de la fase de mujer mencionada por Showalter, se enfocan en la mujer en sí misma, sus sentimientos, sensaciones y las relaciones con su entorno, por tanto, en este texto se dará cuenta de los rasgos identitarios que desarrolla la protagonista, María Cristina, que emprende un viaje de juventud que la devuelve, de mala manera, al seno familiar.

 

            Al principio del texto, se indican las perspectivas e ideales de vida que tenía la protagonista, así, menciona:

Tenía diecinueve años cuando decidí experimentar el camino del mago y el de las sincronías, partí con ganas e ilusiones. En una mochila sólo guardaba un mazo de tarot, cartas que tenía desde niña, y un estuche con cosméticos, accesorios necesarios desde que tengo conciencia que soy una mujer (Lagos, 2011: p. 69).

 

De la lectura de esas líneas, podemos observar dos rasgos relevantes en la primera etapa de formación de la conciencia de sí misma de la narradora, por un lado menciona su cercanía con el esoterismo, que nos da cuenta de una marcada relación con áreas relacionadas generalmente a lo femenino, alejadas de las ciencias exactas, en este aspecto apunta a que partió con ganas e ilusiones, hecho que será relevante posteriormente pues en el tránsito de la adolescencia a la adultez pierde considerablemente estas ganas de vivir por acontecimientos externos a su actuar. El segundo aspecto que consideramos relevante de esta descripción es su conciencia de sí misma, pues aparte de preocuparse por su aspecto, reconoce su identidad femenina, lo exterioriza dejándonos en claro que su decisión de dejar el seno familiar en ese viaje no planificado lo ha hecho desde una perspectiva racional, pensando independientemente, por sí misma.

 

            Paralelamente, un poco más adelante en el desarrollo de la narración, nos encontramos con el primer y gran roce con las normas patriarcales ya que la protagonista luego de haber partido en viaje rumbo a La Serena, sólo logra llegar a Valdivia, pues

Cuando andaba en las calles de la ciudad con mi amor valdiviano, de un auto se bajan unos familiares maternos y a gritos me agarran y de un empujón me echan al interior, pensaron que habían encontrado a la fugitiva. […] Yo, en tanto, pedía que me dejaran en paz, era grande, estaba bien. De nada me sirvió,  me raptaron como a una presa y me repetían a cada segundo lo inconsciente que había sido al abandonar la casa de mis padres (Lagos, 2011: p. 72).

 

La lectura anterior nos clarifica perfectamente lo que ocurre cuando la joven toma decisiones propias, alejadas de lo que se espera de ella, es enjuiciada, perseguida y devuelta al hogar, de donde nunca debió haber salido. Sus familiares maternos consideran adecuado decidir por ella, resguardar sus intereses y los de sus padres, pues ella fue una ‘inconsciente’. Es así, como observamos un primer rasgo de las voces dominantes del discurso patriarcal, la mujer no puede decidir su futuro pues es catalogada como inconsciente, por tanto, la identidad de ese sujeto femenino se ve limitada en cuanto a sus decisiones personales, si no actúa como se espera es enjuiciada e incluso perseguida. Al igual que en el libro analizado con anterioridad, no es posible dar rienda suelta a los ideales o impulsos de la mujer, está sujeta a normas que dictan cómo debe comportarse, cómo debe dirigir e incluso vivir su propia vida. No sólo los familiares maternos de la protagonista se ven en la obligación de ‘encausarla’, a medida que avanza la narración nos damos cuenta que existen otros sujetos que actúan como entes reguladores de las tradiciones, pues además de los tíos, al control parental se une su hermano, tal como nos relata: “Todos los episodios que vinieron después, entre ellos la llegada de mi hermano, (tuvieron que sujetarlo para que no me castigara), minó en parte esas ganas que tenía al partir con la sensación de tener el mundo en las manos” (Lagos, 2011: p. 73). Todos los sujetos masculinos cumplen con su rol regulador, y los sujetos femeninos, deben someterse o condenarse, al mismo tiempo que fuerzan a la protagonista a volver a su hogar, es castigada con el reproche, pero además esto influye en su estado de ánimo, en su forma de pensar las cosas de las que antes había estado segura, ya no siente las ganas de antes, ha cambiado su forma de ver las cosas por un factor externo a ella, su familia le ha hecho ver su inconsciencia.

 

Un factor relevante a considerar es la conciencia de la protagonista de su condición, ella efectivamente se da plena cuenta de las normas patriarcales que la aplastan

Era toda una cultura patriarcal que me inundaba hasta los poros, me rebelaba contra eso de la ‘hija’ que debe estar al lado de los padres, de hermana menor o la mayor, de responsabilidades, de los permisos, de virginidad, etc., etc. veía como algo natural, el tener la opción al dejar que mi vida transcurriera de ahora en adelante tomando las riendas del carruaje (Lagos, 2011: p. 73).

 

La protagonista se da cuenta que su vida debe manejarla ella misma, su cuerpo y su sexualidad, las decisiones en torno a sus actitudes, los horarios en que se desenvuelve y sus opciones personales, pero también acota que se rebela contra la cultura patriarcal, se da cuenta que lo que es correcto en su sociedad no es lo que la hace feliz, no es lo que la convierte en un ser consciente, un ser pleno y autorregulado. Sin embargo, a pesar de esta conciencia y claridad en torno a su condición de mujer subyugada, castigada y condenada por pensar en sí misma, se siente confundida, tanto que termina por entregarse a las normas, se queda en el hogar y se convierte en otro ser rutinario, ‘correcto’.

 

Al analizar los acontecimientos en torno a la narración cronológica de los hechos, hemos puesto de manifiesto las primeras características que se evidencian de la lectura, pero además nos encontramos con alusiones a los padres que complementan esta visión patriarcal; en cuanto a su madre, la protagonista reflexiona sobre el hecho de que ella no tuvo la valentía de cuestionarse sus propósitos, su madre se entregó a lo que la tradición decía y tuvo un matrimonio correcto, a pesar de la infidelidad que la misma protagonista declara haber descubierto en su padre, la madre se mantiene en el hogar porque la institución familiar en este plano es lo relevante. Por otro lado, del padre se argumenta que “El hombre de la casa reflejaba los defectos que en mí eran cuestionables. Vi, como nunca, la enorme viga en los ojos inquisidores de ese hombre, mientras él se tomaba la gran tarea de ver las pelusas en los míos (Lagos, 2011: p. 73). La protagonista se refiere a la enorme viga que pendía de los ojos de su padre, pues ella ha sido testigo de su infidelidad, sabe que no es perfecto, pero tiene que obedecerlo como a un inquisidor, es el proveedor de la casa, es el que impone las reglas.

 

            A través de los párrafos seleccionados hemos ido articulando ciertos acontecimientos que reflejan las normas dentro de las cuales se desarrolla la protagonista, sus deseos de juventud de tomar las riendas de su vida han colisionado con el deber de la familia, sobre todo los hombres, de encausarla, aunque esto signifique decidir por ella. Así como es consciente de los roles que han tenido que desarrollar sus padres, incluso su hermano, se da cuenta que esta carga no es sólo en su propio beneficio, pues “Ser machos, superiores, hogar que sabemos jamás podrán sostener como hombres solos, por toda esa carga mental que lleva miles de generaciones arraigadas en los subconscientes” (Lagos, 2011: p. 73). La protagonista reflexiona en este sentido, presta atención al hecho de que somos meros actores en la sociedad, representamos los roles que han sido construidos en tiempos remotos, lo que por supuesto no significa que sean correctos.

 

            Tal como da cuenta Showalter, las escritoras de la fase de mujer que ella misma clasifica, comienzan a tratar temas tabúes, a referirse a ellas mismas no sólo atacando las cosmovisiones masculinas, de acuerdo a esto vemos, por ejemplo, que se trata el tema del aborto, del sentimiento de culpa que cubre a la protagonista, pues luego de un segundo intento de la protagonista de construir su propia vida, vuelve al hogar tras la pérdida del hijo que esperaba producto de un aborto espontáneo, este hecho viene a marcar definitivamente su arraigo en el hogar de sus padres, y sus posteriores decisiones, pues siente que la muerte de su hijo es un castigo a sus decisiones.

Vuelven a mi mente miles de flash back; mi madre culpando mi arrebato al dejarla, el niño del vientre hablaba que su misión era salvarme de la culpa que yo sentía con mis padres, entre razón, delirio, sacrificio me repetía que entendiera lo que era perder un hijo, seguía susurrando que estaba lista para volver a casa, la cuenta estaba saldada (Lagos, 2011: p. 95).

 

Al volver al hogar luego de esta pérdida, la protagonista se entrega a la depresión, se olvida de sí misma, pues sus culpas por haber dejado el hogar en esas condiciones fueron pagadas al ocurrirle esa desgracia, sentía que su mismo hijo le hablaba en sueños para aclararle que él fue el medio por el cual se redimió frente a sus padres. A todo esto se suma el nulo apoyo de sus familiares, pues ellos mismos se encargan de aclararle que su arrebato había provocado tales consecuencias.

 

Más adelante, la identidad de la protagonista se ve marcada por el abandono de esta búsqueda de libertad, pues se convierte en la mujer que todos buscan que sea, se entrega a lo tradicional. Es un ama de casa abnegada, felizmente casada y con una familia bien constituida, sin embargo, en su interior se observa que la rutina la carcome, que no es feliz, y evidentemente sus decisiones no han sido las correctas, pues el relato que era en primera persona pasa a otra voz omnisciente que menciona que “En casa, la Bruja mira platos apilados en la cocina, un gato maúlla desconsolado por restos de sardina en los pocillos, en el patio, un perro insiste que se vayan los intrusos. ‘Ya no puedo más’ dice una mente que divaga entre el timbre de la calle y el reloj que anuncia la llegada de los hijos” (Lagos, 2011: p. 126). La Bruja, como se hace llamar el personaje en las redes sociales que ha descubierto recientemente, siente internamente que ya no puede aguantar más esa situación de infelicidad, pero lo que sigue exteriorizando es su actitud de madre y esposa virtuosa. Luego, al acercarse mediante correos electrónicos a un hombre que se hace llamar Príncipe, siente que quizás ese no sea su lugar, que quizás deba darse una segunda oportunidad en la vida, pero lucha contra lo establecido y contra sus sentimientos, “Ese estado de somnolencia daba a conocer que la lucha iba a ser intensa entre la ley social y la que la piel de su corazón decía, ¿cómo podía concederse nuevamente un trecho de pasión sin dejar de ser lo que era?” (Lagos, 2011: p. 138). María Cristina, la protagonista, era en primer lugar esposa y madre, había renunciado a tomar las riendas de su existencia para no arriesgarse a ser castigada nuevamente por la vida, pero ahora sentía que quizás lo aceptable no era forzosamente lo correcto para ella.

 

La protagonista, que se ha entregado a los parámetros patriarcales de su sociedad, se debate entre lo correcto y lo que desea, por tanto, nuevamente vuelve a caer en estados depresivos, “La enferma comparte que la ha derrumbado el cansancio, una lucha la ha desgastado, viviendo entre dos mundos que la reclaman con evidencias cada vez más notorias y el deseo de comenzar un nuevo ciclo en la vida” (Lagos, 2011: p. 65). Ahora su vida es una constante dicotomía, el personaje se ve enfrentado a tomar la decisión de continuar la estabilidad que le ha entregado una vida que no la satisface o puede buscar un nuevo rumbo, inestable, pero prometedor.

 

Ahora, continuando cronológicamente el análisis nos encontramos ante el desenlace de la historia de María Cristina, pero narrativamente llegamos al principio del texto; luego de esta aventura vivida y truncada, la protagonista forma su familia, conoce virtualmente un hombre que trastoca sus principios, aquellos que ha adoptado luego de sus vivencias, se debate entre lo que debe y lo que quiere hacer, pero el carácter hermético de su sociedad es tal, que no es capaz de rebelarse, en realidad no es capaz de tomar decisiones no tradicionales, esto perjudica su salud física y mental,

No tiene memoria para alcanzar sus más íntimos propósitos. Siente que se ha doblegado ante una sociedad que le ha construido una diversidad de papeles. Ya no quiere ser atenta, simpática, tampoco indefensa, paranoica, no quiere rendirse a los complejos, siente el dilema de vivir de nuevo, hay una sutileza femenina que la consiente, pero ella se oculta como una afligida ermitaña (Lagos, 2011: p. 66).

 

La actitud de la protagonista viene a reflejar en lo que se ha convertido su identidad de género, como mujer no está dentro de sus capacidades adoptar una posición respecto a su vida que no sea del agrado de la sociedad en que se desenvuelve, aunque ello represente su propia desdicha. Es así, como podemos emitir juicios fundados en torno a la identidad de género que limita a las mujeres en este territorio, desde la descripción de las actitudes de los familiares de la protagonista hacia su primera salida del hogar nos damos cuenta que los valores tradicionales, en función de leyes masculinas, menosprecian, lógicamente, la existencia de las mujeres, pues no son entes con capacidad de decisión. Podemos inferir a lo largo de la lectura, por las ubicaciones y ciudades que se mencionan, que el viaje que emprende la protagonista lo realiza desde la ciudad de Osorno, dándonos luces, entonces, a través de la narración de las normas que confluyen en la formación de la identidad de sujetos femeninos y masculinos en este lugar. Los hombres, por su parte, desempeñan sus roles llevando una pesada carga que la misma protagonista reconoce, deben actuar como los hombres que son imponiendo las reglas a las mujeres de su familia, pero al mismo tiempo gozan de ciertos beneficios, pueden comportarse bajo su libre albedrío no necesariamente apegados a las normas morales que ellos mismos imponen, pues vimos ejemplificada esta situación en la figura del padre de la protagonista y la infidelidad en la que fue descubierto. Las mujeres, por otro lado, deben acatar las decisiones del marido, del padre e incluso de los hermanos, tienen que ceñirse a lo que les corresponde vivir de acuerdo a las normas del lugar donde nacieron; las que se rebelan ante esta situación son enjuiciadas y castigadas, de tal manera que la única salida posible es volver a la sujeción de las normas paternas.

 

6.3 Elementos identitarios en Conjuros, lo importante es el ritual

 

De la lectura del libro Conjuros, vamos a dar cuenta del proceso de construcción de la identidad de género a través del análisis de prosa y poesía, que se articula en torno a cuatro voces separadas por elementos paratextuales, pero unidas semánticamente a través de un hilo temático. Se observa, a raíz de la lectura de este texto, que la identidad de género de la mujer se construye cíclicamente, se dan referencias textuales al proceso de crecimiento de la mujer, a las etapas por las que pasa en su vida, hija, mujer, madre, esposa de acuerdo a la realidad concreta, sin adornos, pues incluso se observan mujeres sufrientes, abandonadas, inconclusas en su esencia.

 

La voz en prosa poética que rodea todo el texto cumple una función axiológica, enseña metafóricamente cómo debe conducirse la mujer, cómo debe superar las tempestades, en este sentido advierte, por ejemplo, “No dejes que el manto púrpura de la muerte te envuelva con temor, combate con amor y verdad, no te resistas a tus pasiones, vívelas” (Lagos, 2011: p. 172). De esta forma se abre el entramado textual como se construye el texto, de las exaltadas pasiones de la juventud, hasta las experiencias de la adultez. Sol Solar, la voz que firma los textos escritos en prosa, guía el camino de la mujer en su autoconocimiento, en la búsqueda de su identidad, la acompaña incluso en sus caídas.

 

La construcción que realizaremos en el análisis de Conjuros, se centrará en la cimentación de la identidad de género más que en la extereorización de las voces masculinas y su forma de dominación. De esta forma, comienza la construcción de la identidad de género a través del tránsito por las distintas etapas de la vida de una mujer. En primer lugar, observamos la candidez de los primeros amores, la búsqueda del ser amado, “Dibujo esperanzas en la Tribu de los Sueños, / la emoción tiñe de primavera el alma. / Seamos Luna, antojemos estrellas” (Lagos, 2011: p. 173), nos dice la voz poética en sus versos titulados “Amor celeste”, dejándonos entrever el candor de su juventud, el comienzo de la búsqueda del amor, de las primeras sensaciones de mujer dejando atrás la niñez. Sin embargo, observamos más adelante la desilusión del abandono, en el poema “Te busqué”, la voz poética cambia la expectativa de la juventud por la decepción, nos señala “Te busqué en el correo moderno / en el teléfono vacío / en la película del día / en las últimas hojas del cuaderno/ No estabas…” (Lagos, 2011: p. 179). Es así, como la voz poética comienza a marchitarse, a luchar contra lo que antes buscaba.

 

            De acuerdo a lo que se espera tradicionalmente de la mujer, se busca que ésta concrete su vida en un matrimonio, por eso a pesar de las desilusiones de juventud, la búsqueda de un hombre protector continúa. La mujer se desarrolla en plenitud, aparentemente, cuando sintetiza su vida en torno a un matrimonio, es por ello que luego del desencanto de la juventud, la voz poética declara: “En la niebla tomé su diestra, bebiendo poco a poco su fuerza invencible. Me sedujo entre algodones robándome un beso amortajado” (Lagos, 2011: p. 189). La voz poética, la mujer, se entrega nuevamente a la pasión con un hombre, el que cree definitivo y nuevamente cae, caída que se considera culpa de la mujer, el hombre nunca será el dañado, el que actúe fuera de las normas, pues de él se aceptan ciertas licencias poco decorosas sólo por el hecho de ser hombre. Nuevamente la voz poética canta su desengaño, en el poema “Sumergida” declama: “Quiero traerte a la orilla, pero un afán arruina esperanzas, quiero el pasado, conjugando el presente… no estás para sostenerme, no estás para recibirme, no estarás cuando grite” (Lagos, 2011: p. 209). La mujer que sueña, la mujer que se desengaña debe continuar su vida, cumplir nuevos roles asignados, ser madre, esto es también tratado a través de la voz poética en los versos de “Hijo”, el sujeto lírico interpela a su hijo, “Siente cada partícula de amor, así aprenderás que no todo es aire asoleado en los años mozos. Hoy lloras, mañana reirás de tus debilidades. Enamórate bastante, quiere demasiado, siente cada milímetro de vida que sostienes, no te niegues a llorar” (Lagos, 2011: p. 220). La mujer- madre, en esta ocasión entrega sus vivencias en la crianza de su hijo, el hijo que le trajeron las desilusiones vuelve a llenarla de esperanza, su identidad de madre se observa colmada, por ello resume sus experiencias prodigándole nutridos consejos a su hijo, desea que sea feliz, quizás que no vuelva a repetir las acciones que cometieron contra ella.

           

En relación a la maternidad, etapa en que el ciclo de vida de la mujer se une simbólica y estrechamente con el ciclo natural de la tierra, se  produce el regreso a los orígenes de esta mujer que fue niña y adolescente, que fue mujer, que se desilusionó, que fue madre y vuelve al umbral donde todo germina: la Tierra, la Madre Tierra.

Gran Madre, de tu endometrio salieron lágrimas por lo que viene, tan falto de amor, un envoltorio de golpe, sin metáfora, un vuelo interrumpido de manera brusca, un espacio robado explícitamente, un despojo en segundos, ojos sin respuestas, pasión para lo que no está escrito, símbolos que sobresaltan las angustias, las esperanzas rotas del machismo, dar en el clavo sin equivocarse, tensión en los cristales rotos, en las gotas empañadas de tus pómulos (Lagos, 2011: p. 221).

 

La mujer vuelve a sus comienzos, a los comienzos de todo lo conocido, la Madre Tierra que no sólo da vida, sino que también recibe golpes de sus hijos, de la humanidad que la altera, que se aprovecha de sus frutos; la voz poética realiza una alegoría de la situación de la mujer en el mundo, que llora, que es golpeada física y psicológicamente, que es despojada de sí misma para satisfacer a otros, a los hombres que a raíz del machismo imponen el camino correcto, pasan por sobre las aspiraciones femeninas. De esta forma, lo que queda de la mujer, de la representante de la madre tierra, de la mujer conectada con el cosmos es sólo una febril autodefinición, “Soy vientre ultrajado cuando domina la fuerza. / Soy tatuaje de hembra, madre, tierra, viento y aire. / Soy el arcoiris de la sabiduría ancestral” (Lagos, 2011: p. 237).

 

            De acuerdo a los procesos desprendidos del análisis precedente, observamos ciertas etapas características del desarrollo del ciclo femenino, por lo que podemos hablar de la descripción de un territorio un tanto universal, pues en la mayoría de las cosmovisiones de las diversas sociedades, se observan estos ciclos en la mujer, la mujer joven, madura, madre, sufrida, la mujer como arquetipo de la Madre Tierra. De esta forma, la construcción de identidad que desarrollaremos en el territorio enmarcado implícitamente en este texto, será de carácter global, la identidad de género tradicional y transversalmente está asociada a mujeres que se enamoran, se casan y tienen hijos, lo que se evidencia de la lectura de Conjuros es, asimismo, el desencanto, la desilusión, la maternidad plena y la feminidad truncada a raíz del abandono, la relación intrínseca de la mujer con el cosmos.

 

7.     CONCLUSIONES

 

 

A modo de conclusión podemos derivar del análisis realizado que sí es posible dar cuenta de una identidad de género relacionada a un territorio en textos literarios, en este caso en el compendio de Jacqueline Lagos, Memoria de una cita inconclusa, pues observamos, en primer lugar, que el modelo seleccionado para el análisis, tomado de las propuestas de Showalter, es plausible en su aplicación a textos de este tipo y a conceptos como el de identidad de género, pues nos remite a la identificación de las voces dominantes masculinas, y las voces dominadas femeninas, que deben ajustarse a parámetros patriarcales de vida. Por otra parte, la utilización de este método de análisis nos permitió dar cuenta de la fase de mujer de la autora, pues se encarga de manifestar la experiencia femenina en sí misma, sin atacar directamente la cultura patriarcal, pero dando cuenta de sus falencias a través de los sucesos que le ocurren a las protagonistas o voces poéticas de sus textos. Además, observamos el manejo de temas que acusan las sinrazones que en parte justifican el actuar masculino en desmedro de la mujer, los textos seleccionados dan cuenta de las normas, tradiciones y reglas que rigen el mundo femenino impuestas remotamente en épocas con condiciones diferentes de vida, pero que por comodidad para el género masculino, se siguen practicando sin existir la capacidad real de las mujeres como género en su totalidad de producir un cambio. El manejo de estos temas, su tratamiento y denuncia, aunque no sea explícita, sirven como herramienta de acusación, de concientización para las demás féminas que no han dado el paso, textos de escritura femenina como éste dan luces de las anomalías en la configuración de la visión de mundo de un sinnúmero de sociedades, arraigadas territorialmente en un conjunto de creencias validadas por la práctica.

 

 

Asimismo, hemos dado cuenta de tres aspectos relevantes en la construcción de la identidad de género en torno a un territorio culturalmente constituido como espacio simbólico de desarrollo de las comunidades; en primer lugar, a través del análisis de Mis primeros años, evidenciamos la relevancia del factor económico y cultural en el desarrollo de la identidad de su protagonista, pues la familia, dependiente de un patrón, se ve obligada a obedecer las normas impuestas por el abuelo, que considera en primer lugar, antes que sus propios intereses, los del patrón. Por otra parte, observamos el truncamiento de la niñez de la protagonista, y su óptimo desarrollo como mujer, pues tras el abandono de los padres se ve en la obligación de asumir roles tempranos de madre para con sus hermanos menores. De esta forma, vemos una mujer postergada, obligada a defender los intereses de un patrón por imposición de su abuelo y a cuidar a sus hermanos por ser la mayor.

 

En segundo lugar concluimos, luego de haber analizado Una bruja emplumada en el Tzolkin, que la imposición de estos valores patriarcales, en desmedro de tomar la iniciativa de la vida de una mujer, acarrean estados depresivos, infelicidad y dilemas morales en torno a cumplir con lo acostumbrado en la sociedad, o dar rienda a los deseos íntimos de felicidad. La mujer debe construir su identidad, en este caso, en torno a normas impuestas por una tradición ancestral muchas veces arbitraria.

 

Posteriormente, en la lectura de Conjuros, lo importante es el ritual,  observamos una visión totalizante del ciclo femenino de vida, pues el apego a estas tradiciones antes mencionadas, construidas por el varón en desmedro de la mujer, originan no sólo el desarrollo de la mujer hija, amante o madre, sino que las más de las veces acarrean desdicha, desilusiones, vejámenes y violencia, no siempre la mujer es feliz satisfaciendo a los demás, a la sociedad que le dice qué hacer.

 

 

Finalmente, debemos mencionar que este análisis deja abierta la posibilidad de construir o reflejar otros métodos de análisis de las obras de escritura femenina, pero lo que debemos sacar en limpio es que es imperioso construir herramientas textuales, que se constituyan como armas de denuncia de las iniquidades cometidas contra la mujer, pues de ninguna otra manera esta construcción falogocéntrica del mundo cambiará si no existe un proceso previo de denuncia, un proceso de delación, de darle voz a las voces silenciadas, a esas mujeres que por no desarrollar según sus instintos su esencia, son mujeres inconclusas.

 8.     BIBLIOGRAFÍA

 

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[1] “La crítica feminista en el desierto”.


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