
En Osorno, invierno 2003.
A este aquelarre de las letras llegan los parientes, los amigos, los amantes de la lengua, los seres queridos de ayer y de hoy. Parecen sentirse en el silencio de este momento los pasos cansados de la abuela, de los seres queridos que, como dice la escritora, bajaron desde el cielo para compartir con ellos y como tantas veces al calor del brasero los recuerdos del día, los sueños del futuro.
Hoy nos hemos reunido para compartir el nacimiento de un hijo más de Jacqueline Lagos. Esta mujer del campo y la ciudad, de la tierra de los bosques húmedos, de las praderas con ganado, de los volcanes nevados, de patrones y peones.
A éste su primer hijo literario, como Mis primeros años lo ha bautizado, lo saludamos desde las altas cumbres desde la soledad y el silencio del norte atacameño.
Leer las poéticas páginas del transparente del texto de Jacqueline es una invitación a la reflexión acerca de la identidad, la familia, la vida.
Vivir es búsqueda, es enfrentar desafíos personales, sociales, intelectuales, y las palabras del texto escrito nos hablan de ese vivir con ternura, con nostalgia, con modestia, con transparencia, franqueza y honestidad, así la autora va recorriendo los juegos en el campo, las enseñanzas de su viejo, su abuelo; las travesuras de sus hermanos; el cariño de su abuela, con humor, con franqueza, pero también con un profundo afecto por sus raíces, por los suyos.
Es un relato que se transforma en un extenso racondo donde llama la atención la búsqueda de las raíces, la necesidad de dejar un mensaje a los suyos. Porque para Jacqueline, vivir es intentar permanentemente a cada instante y en todo instante, construirse como persona, construirnos como seres humanos consecuentes, con los valores que nuestro entorno familiar nos ha dado y que nosotros hemos internalizado y que nos hace ser quienes somos.
Vivir es comprometernos voluntariamente con las creencias, con las tradiciones, con la fuerza que nos dan las raíces de nuestra familia de nuestra cultura. Vivir es realizar esfuerzos cotidianos y permanentes por superar nuestras limitaciones; es disfrutar de éxitos momentáneos y también ser capaces de superar fracasos y frustraciones que suelen invitarnos a fortalecer nuestra voluntad, nuestra tenacidad, nuestro deseo de ser, nuestra necesidad de trascender.
Ella nos dice “cómo quisiera poder traspasar en éstas páginas cada una de las emociones que hizo de mi vida en el campo una verdadera historia llena de momentos mágicos”.
El poeta nos señala que ser persona es tener la capacidad de enraizarnos en nuestra cultura, en nuestras tradiciones, en la fuerza de los lazos que vamos construyendo a lo largo de nuestra existencia y, a la vez, tener la capacidad de soñar, de volar, de construir utopías que nos permitan constatar que nuestra existencia tiene un propósito, y que nuestro quehacer cotidiano, nuestras tareas fundamentales, nuestros proyectos, nuestros esfuerzos se han dirigido a lo largo de nuestra existencia hacia esa finalidad, construyendo esa utopía. Por eso ella nos dice: “me veo en la mitad de mi vida y puedo sin temor mirar hacia atrás. Antes, parece que todo era más sencillo... yo soy una agradecida de ese tiempo que me regalaron mis viejos, hasta el amor lo viví de una manera diferente, especial, mágica”.
El vivir se realiza con otras personas, con otros seres humanos, por ello requiere y exige de dialogo, de comunicación, de la presencia de otros seres humanos; por eso el vivir es hermoso y a pesar de los dolores que pueda depararnos y a pesar de los temores que pretenden inmovilizarnos, vivir es un desafió que exige de respuestas, de lucha, de creatividad, de sentimientos, por ello siempre el vivir es esperanzador.
En palabras de la escritora: “ahora que tengo una visión distinta de la vida, puedo admitir que mi abuelo nació para servir, para él no habían horarios ni derechos. Sé que a lo mejor no manejo las respuestas de esa vida que construyeron los viejos, pero siempre existirá la intima convicción que fueron ellos, mis sabios chamanes, los que fueron dando vida a cada una de las estrellas que les caímos del cielo, como decían ellos”.
El libro es un largo recuerdo compuesto de sentimientos, que homenajean a la herencia familiar, a la herencia de la tierra, a ese comprender de dónde venimos, quiénes somos y por qué somos. Pero no en un sentido existencialista, si no en la captura poética, sentimental, afectiva de las sensaciones, de los gestos, de los ritos que se evaporan con el tiempo y que pretendemos atesorarlos en nuestra memoria, en nuestro corazón.
Con ello, para Jacqueline “describir la casa de campo en que me crié, ataviada de una simpleza única que jugaba en perfecta armonía con quienes la ocupaban” le obliga “a agradecer a la vida cada minuto que le toco vivir” en esas habitaciones, en esa tierra, en esos huertos, que junto a sus hermanos salían a limpiar, a quemar y también a sembrar.
La autora se esfuerza en todas las páginas, de éstos sus Primeros Años por capturar esas sensaciones que no se olvidan, para que no se vayan, para que no desparezcan, para que permanezcan eternamente junto a ella, atesoradas, pues esos recuerdos son ella misma.

Traer a la mente los momentos idos y las peripecias de niña, el sortear cada mañana “praderas con ovejas” para la autora es importante, es necesario. Recordar a sus hermanos, pensar, soñar intentar responder, “son tantas las preguntas que aún no tienen respuestas”, pero sí tienen claro que posee una pertenencia, que, como muy bien lo dice “nací para vivir esta historia”.
Está en el recuerdo de su hermana muy lista, la que “aprendió mucho antes que ella a amarrarse los cordones de los zapatos”. “y el amor a ese para de mellizos hermanos míos que más de un dolor de cabeza le causaron al viejo, el abuelo”.
También tiene palabras de especial admiración y afecto para su hermano, el único varón de la familia, que cual “salió desde muy temprana edad a trabajar, a ganarse los porotos”. El que “Era sólo un chiquillo cuando ganó su primer sueldo”. Ese hermano suyo que desde hace años es mi querido sobrino aquí en esta tierra del sol y del desierto que hoy lo cobija y donde la simiente osornina enraíza en las rocas minerales una nueva familia, que sin embargo continua siendo la vieja familia en esta tierra del desierto.
Jacqueline es una poetiza, es una escritora de la tierra del “olor a canela”, del pasto barroso en invierno, de las aguas azules de ríos y lagos, de los bosques de hojas verdes y, sin embargo, no necesita del color para enmarcar los afectos, para contarnos de estos sus primeros años, porque todo lo cubre un manto de sentimientos, de ritos, de sensaciones que permanecen, porque están destinadas a ser heredadas por los suyos, por su nueva familia.
Jacqueline es de las personas que actúa en la vida porque piensa que todo ser humano necesita plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Ella ya lo ha logrado, y ha puesto tanta fuerza, tanta ternura, tanta franqueza, tanto de ella, que “si le fuera dado el poder de volver a los años en que fuimos queridos, mimados y educados por esos viejos”, dice, “no tengo dudas que elegiríamos la misma casa, la misma escuela, el mismo amor”.
En nuestras vidas existen instantes que acompañados o no de un rito, de un acto especial o en un momento trascendente, van marcando nuestra existencia. Hoy, nos señala Jacqueline, “yo sigo echando de menos la simpleza de los días o el aspecto de las noches largas, junto a la cocina a leña allá en el campo”. “Sigo echando de menos las manos de mi abuela, retorcidas por el trabajo, minuciosas y pródigas, que parecían entonar melodías cuando tejían”.
Creemos en los sentimientos, en la agilidad de la pluma, en la belleza de la metáfora, en la modestia de la escritora. Nos felicitamos por este nuevo hijo, al que sin duda seguirán otros hermanos y ¿por qué no muchos mellizos?. Felicitaciones Jacqueline, los mejores deseos.
Domingo Gómez Parra
Antofagasta-Chile
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